Cuando un bebé nace, sus órganos internos están lo suficientemente maduros, pero su cerebro continúa su desarrollo durante algunos años. El peso promedio del cerebro es de alrededor 400 gramos, cuando nace, a un año de 1100 gramos, a los 2 años (80% del peso del cerebro del adulto). El cerebro se desarrolla de forma fenomenal a partir del tercer trimestre del embarazo hasta el final del primer año de vida. Pero para desarrollar su pontencial genético, el cerebro del bebé, necesita absolutamente contacto social y afectivo.

Es John Bowlby, un psiquiatra británico, quien afirmó en los años 50s, que la relación de apego por lo menos con un adulto era tan necesario para el desarrollo afectivo del niño como los alimentos al crecimiento físico. El elaboró, con Mary Ainsworh, una psicologa americana, la teoría del apego. El bebé desarrollará un apego “seguro” si él recibe día a día, cuidados de un adulto sensible, que entiende sus señales y responde a sus necesidades físicas y afectivas de forma constante. Si él está regularmente en contacto con un adulto inconciente de sus necesidades, que le ofrece poco afecto, él desarrollara un apego “inseguro”.

Las investigaciones neurobilógicas del desarrollo desde los años 90s nos han permitido ver como esta evolución del apego, se desarrolla en el cerebro de un bebé y confirmar que el laso de apego es una necesidad biológica. Por cierto, es el hemisferio derecho el que  se desarrolla en el niño. El cerebro derecho, domina en el feto y al bebé hasta los tres años, es entre otros, la base de aspectos no verbales de la comunicación, la intuición y la empatía, la creatividad y el sentido de si mismo emocional y corporal. El cerebro izquierdo, verbal y conceptual, se desarrolla más bien a partir de la edad de 3 años. La mayoría de investigadores afirman que es el medio ambiente social de los dos primeros años de vida, especialmente el lazo madre-niño, que permite madurar el cerebro derecho. Es allí, donde se construye la base de la adaptación social, mecanismos de gestión del estrés y el control de la emociones. “El cerebro esta literalmente diseñado para las experiencias de comunicación y para las emociones percibidas durante la infancia.” (jeliu y Cousineau, 2003)

Al interior del hemisferio derecho, sobre todo al centro del cerebro, en el sistema límbico derecho, que se graban las primeras experiencias socio-afectivas del bebé de 0 a 2 años. Durante los primeros seis meses, uno observa una construcción acelerada de células y de conexiones (sinapsis) entre las neuronas de las amígdalas cerebrales, situadas en el sistema límbico. A esta edad, el bebé esta muy interesado en el contacto social con el ser humano. Hay un interés remarcado por el rostro humano. Es en estas amígdalas cerebrales que se dan las primeras asociaciones que él establece con diferentes estados emotivos como el miedo, la alegría, el amor: por ejemplo, “mamá, papá me aman”, “cuando estoy triste, mamá me consola” o “no puedo contar con los otros”. Estas experiencias son vividas cuando hay un contacto afectivo con la madre y otros cercanos, por la mirada, el tacto, las caricias, durante las actividades cotidianas cuidado y juegos.

Luego, a la edad de los 6 años, hay una madurez de la amígdala y la actividad más intensa de construcción neurológica se desplaza hacia el gyrus cingulé (primera circunvalación del cuerpo calloso) y los núcleos septales. El bebé se apega a personas conocidas que le suministran cuidados y rechaza el contacto con los extraños. Es como si la actividad neurológica en el gyrus cingulé y los núcleos septales inhibieran la actividad de la amígdala caracterizada por una necesidad de contacto social con no importa quien. Entre las personas a quien el niño tiene confianza, la madre es generalmente la preferida. Vemos aparecer la ansiedad de separación típica al final del primer año.

A partir del segundo año de vida, se observa una actividad más intensa en la corteza orbitofrontal (atrás de la orbita del ojo). Esta corteza es el “jefe superior” del cerebro, del cerebro socio emocional, y juega un rol importante en el control de las emociones y el comportamiento. La calidad del apego, el control de si mismo y todo lo que se le relaciona (estima de si mismo, capacidad empática, etc.) continuaran desarrollándose hasta la edad adulta, pero la base parece estar construida hacia los 2 o 3 años.

Si el niño es privado durante los primeros 6 meses de contacto afectivo, su amígdala va a quedar funcionalmente inerte y se observa en él un comportamiento “catatónico” que se parece al autismo. Se ha observado, desafortunadamente en ciertos orfelinatos sobrepoblados. Una privación de estimulación social después de los 6 años, es un riesgo de producir en el niño una familiaridad excesiva con los extraños, como si el gyrus cingulé y el núcleo septal, no estuvieran estimulados, ni pudieran inhibir la actividad de la amígdala. Jeliu y Cousineau (2003) explican que en ciertos casos extremos de disfunción del sistema de apego, se observa una especie de “ceguera social” una inhabilidad a identificar y responder a las señales sociales habituales y una gran dificultad a recordar las caras de personas del lugar.

Por eso, la próxima vez que usted sintiera que usted “no ha hecho nada en el día”, aparte de ocuparse del bebé, puede consolarse pensando, que durante este gran día, usted a grabado en el cerebro de su hijo, lo que el necesitará a lo largo de su vida, para relacionarse con él y funcionar en sociedad.

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